Pasar horas en el laboratorio, ser metódico en la investigación y muy creativo, son tres requisitos que ningún científico puede pasar por alto en su labor. Pero incluso cumpliendo al pie de la letra estas características, a veces los grandes descubrimientos son cuestión de suerte.

De hecho, ese golpe de fortuna tiene nombre: se llama “Serendipia” al descubrimiento que se realiza de manera inesperada o por error.  Muchos de los inventos más importantes de la humanidad nacieron de esa manera y a continuación repasamos algunos de ellos:

La Penicilina: vacaciones accidentadas

En 1928 Alexander Fleming partió de vacaciones y dejó en su laboratorio diferentes placas inoculadas para que creciera una bacteria durante su ausencia. Por error, una de ellas quedó sin cubrir y se contaminó con moho. Cuando el científico analizó esta cápsula se percató de que el moho había matado a las bacterias: así nació el primer antibiótico de la historia.

El horno de microondas: chocolate delator

El ingeniero Percy Spencer se encontraba investigando emisiones de microondas producidas por un magnetón, con el objetivo de poder utilizarlo como radar, cuando descubrió que un chocolate que tenía guardado en el laboratorio se había derretido completamente. Tras realizar diferentes pruebas junto a sus colaboradores, Percy concluyó que las microondas habían generado ese efecto y las utilizó para inventar un horno que permitiera calentar alimentos.

El Aspartame: dulce descubrimiento

En 1965 James Schlatter se encontraba trabajando en su laboratorio cuando accidentalmente derramó un poco de aspartame sobre su mano. Cuando se lamió el dedo, advirtió que la sustancia tenía sabor dulce y se le ocurrió que podía funcionar como aditivo para los alimentos y bebidas. En la actualidad, el aspartame es utilizado en alrededor de 6.000 productos en más de 100 países.  

Los rayos X: resplandor en el laboratorio

Wilhelm Rontgen experimentaba con tubos de rayos catódicos colocando diferentes objetos delante de ellos. En uno de esos ensayos, se alarmó cuando se percató que una placa de cartón cubierta de cristales de platinocianuro de bario, que tenía detrás de sí, emitía un extraño resplandor. Tras estudiar este fenómeno durante algunas semanas, comprendió que había descubierto un nuevo tipo de rayos. Corría el año 1895; el resto es historia.